Como robot nos conformábamos en varias partes,
todas unidas para combatir grandes amenazas urbanas.
Yo era la parte más pequeña y delicada, cubo magro,
caja reluciente y fino centro instrumental: la cabeza.
Otros manejaban las piernas, brazos, manos, tronco…
Cada quien en lo suyo. Así operaba el equipo
dando vida a ese púgil automático.
Como cabeza les diré
que no siempre requerían mi esfuerzo
para dar marcha a esa red electromecánica.
Los controles tenían lugar en la caja torácica,
lo que a mi parecer era impropio:
la debilidad siempre está en el corazón.
Ellos decían que el predominio de la cabeza
era cosa del pasado. Lo que la fortaleza
da al guerrero se obtiene de su pasión.
Entonces con mi parte exceptuada solía quedarme solo
en mi casa, me desplomaba en una silla
y encendía la TV: las otras partes luchaban
y salvaban la ciudad, y la mía, simple servocontrol,
descansaba en el garage, con los ojos perdidos, nulos,
meditabundos, alcohólicos; reflexionaba autónomamente
sobre una causa justa, procesaba información,
revisaba base de datos, cuantificaba conocimiento
aunque sin arribar a ningún punto preciso,
a ninguna resolución.
A veces escribía poemas geniales para pasar el rato.
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