domingo, 11 de septiembre de 2011

El dinero o África

Cuando voy a un negocio me gusta llevar mi fajo de dinero hecho una pelota, billetes bien arrugados. Antes de salir tomo el fajo de billetes nuevos y doblo cada uno por separado en veinte pliegues distintos. Después los vuelvo a doblar todos juntos y me perece estar creando una geografía perfecta, honduras y fallas de una región vasta, de un país exótico, de un continente. Cuando preparo mi dinero a mí me parece estar moldeando África.

Murakami

Junio es el mes más frio. El lago de la ciudad se congela y los pájaros emigran a otros países más cálidos. Me levanto a las 8 para ir a la lavandería y camino lentamente a través de la nieve. Las calles están desiertas. Apenas diviso la parada de micro.

Entre las nubes de vapor la temperatura es muy elevada, como una Antártida candente, en ebullición. Un mundo de días blancos, sin sombras. Los bloques nuevos de ropa limpia son traídos y ordenados en montañas abrasadoras, luego rociados con potentes suavizantes. Me muero de calor y no paro de sudar. Desde que estoy acá adelgacé varios kilos. Ninguno de mis antiguos colegas me reconocería. En cada movimiento me siento al borde del desmayo.

Afuera, los copos de nieve forman capas blancas en la ventana. Cuando cierro los ojos imagino cacerías de zorros. En invierno los animales negros bajan desde el monte hasta los claros y merodean por los refugios destruidos y las cabañas de luna de miel abandonadas. En el medio del bosque, sobre el pie de las colinas, las cuevas de osos están repletas esta temporada, lejos de toda crueldad, oscuras como la noche, sin ventanas. El aire es denso y no se puede respirar. Entro sin hacer ruido, busco a tientas un espacio y me acomodo, feliz y calmo. Me duermo enseguida, como un gatito. Son ellos mis dueños y yo soy demasiado puro para el mundo.

Los secretarios del Tíbet

Llevo 15 años en la orden de secretarios jurídicos del Himalaya. A veces pienso tanto en mi trabajo que olvido quién soy. Los juzgados están repartidos por toda la zona, Qomolangm, Jiemayangzong, Zanskar. Andamos varios días y cubrimos distancias enormes para asistir tan sólo a 2 o 3 juzgados por año.

Serpenteamos por las cumbres nevadas y las cornisas rocosas. Algunos tramos vamos en ponis, y cuando estos caen de cansancio seguimos a pie. Los nativos a veces nos asisten en la mitad de la noche, nos dan agua y comida caliente para continuar.

Durante el día en el Convento de Kinnaur, las monjas se sumergen en la plegaria, en el ayuno y las acciones piadosas. Desde temprano recorren sus huertos y observan su germinación con alegría, bajo el sol. Se arrodillan sobre el centeno y nos encomiendan a la Virgen de la montaña.

Durante la noche se oyen los tambores de los salvajes. Cuando paren sabremos que uno de nosotros habrá muerto. Nos detendremos un instante al oír el silencio y continuaremos nuestra misión. No tenemos tiempo que perder .Una mala entrega o incumplimiento sería una mancha en nuestro expediente. Me lo recuerdo cien veces al día. Quiero seguir la línea de mis ancestros: modestos, valientes y educados.

Por mi parte, hace años que partí, trabajando a las órdenes del viejo Dr. Lhagba Cering, un buen hombre, longevo y sabio, muy respetado en el ámbito jurídico. Es posible que hoy a su larga edad haya muerto. No quiero ni pensar en esa posibilidad. Estaría haciendo en vano mis tareas. Los juicios tardan años y quizás yo mismo no llegue a sobrevivirlos. Perezco enfermo y he adelgazado mucho.

No podemos esconder la montaña ni que el viento deje de soplar, ni que la atmosfera sea más limpia. Nuestra única alegría es la época de la floración de la nieve. Entonces es el único momento en que nos detenemos a contemplar el espectáculo. Perdida en la montaña, al amparo de la roca, crece esa extraña flor.

"Has que valga"

Admiro la confianza y lealtad de los trabajadores de Wall Street detrás del desastre financiero. De qué temería si uno de ellos me tomara de la mano y me guiara el camino. Atravesaríamos los más extensos pasillos de los grandes edificios y rascacielos, los ventanales internos hechos para vigilar las sendas repletas de inversores. Oiríamos el profundo torrente que ruge desde las líneas de accionistas. Junto a los despachos descansan los empleados más jóvenes. El olor a café proviene de los pisos más altos. Bajaríamos hasta llegar a la calle, una vez traspasadas las puertas giratorias, y respiraríamos profundamente cuando nuestra cara se estremezca con el frescor. Qué nos importaría si sobre nuestras cabezas cayeran viejas marcas: IBM, NEXTEL, MICROSOFT, TEXACO. Celebraríamos su declive, que celebran a un tiempo con las publicidades el neón. Admiraríamos el veloz progreso de pequeñas y medianas empresas. Cabalgaríamos en corceles a través de las avenidas comerciales disparando flechas de fuego. Juntos quemaríamos los bancos, prenderíamos fuego todos los comercios, las cadenas internacionales de hotelería y gastronomía, los canales de televisión. Sólo dejaríamos las joyerías con sus diamantes eternos. Nosotros romperíamos todos los relojes y dejaríamos sólo el oro. Luego, avanzaríamos hasta los límites del Wall Street Center y la ciudad misma, hasta llegar a las afueras, en donde, subidos a cualquier ómnibus, no nos detendríamos hasta las montañas de Oklahoma. Sacaríamos la cabeza por la ventanilla y miraríamos infatigablemente los macizos de piedra, las altas cumbres, los valles soleados, los arroyos y los pinos. Qué lejos quedaría todo lo que me envejeció. Mi corazón se vería libre de las quejas más amargas. Tomaríamos cerveza barata en los pueblos. Nos subiríamos a la montaña rusa. Pasearíamos en ponis de alquiler.

¿De dónde vienen los euros?

Me da miedo preguntarlo, pero deben venir de algún lugar soñado con un nombre extraño, como Falkenberg o Jönköping.

Durante las tardes de verano me encierro en mi habitación, lejos de mi familia y responsabilidades. El calor es insoportable. La cama está tibia por los pocos rayos de sol que se filtran a través de la persiana. Todo está en silencio. Es el mejor momento del día. Me acuesto y comienzo a pensar en los euros, billetes grandes extranjeros. Escucho su llamado, tan claro y limpio. Quiero apoderarme de sus raíces. Los hago vibrar con mi sangre. Imagino un montón de billetes esparcidos por la calle, volando. Pienso que en este momento un corredor de bolsa se desangra en el mercado de valores así como yo me desangro cada día en mi cama. Estamos heridos. Bancos mundiales y lobos se organizan. ¿Quién no salta de ansiedad al escuchar el tren pasar a la distancia? ¿Quién no llora pensando en las montañas del Tibet? ¿En las pirámides de Egipto? Yo lloro pensando en mis euros.

Es probable que enloquezca o muera pronto y vaya al lugar de dónde vienen los euros. Es imposible continuar así, tan vacío y tan solo.

viernes, 2 de septiembre de 2011

Todas mis teles

Quedándome sólo 10 minutos de vida
haría un veloz recuento de todos los televisores que tuve
a lo largo de mis duros y difíciles años.

El Philco de 10 canales, coraza imitación madera
caja de conversión y antena,
en el que la imagen tendía a brincar;
el Noblex 17’ de canales infinitos y decodificador adicional;
el Whirpool de 21 pulgadas, control remoto inteligente
y parlantes laterales de sonido envolvente;
el pequeño Sony Japonés portátil de 14 pulgadas B/N
con sintonizador de radio AM y FM;
el último fue un Samsung LCD con listado
de canales favoritos, sintonizador de TDT incorporado
y Crystal Clear para más detalles y nitidez de imagen.

Pensaría en todos ellos en mi lecho de enfermo
del cuarto de hospital rodeado de parientes.
Pensaría en todos ellos en el último aliento,
en la desesperante sensación
de no haber visto ni amado lo suficiente.