domingo, 11 de septiembre de 2011

Los secretarios del Tíbet

Llevo 15 años en la orden de secretarios jurídicos del Himalaya. A veces pienso tanto en mi trabajo que olvido quién soy. Los juzgados están repartidos por toda la zona, Qomolangm, Jiemayangzong, Zanskar. Andamos varios días y cubrimos distancias enormes para asistir tan sólo a 2 o 3 juzgados por año.

Serpenteamos por las cumbres nevadas y las cornisas rocosas. Algunos tramos vamos en ponis, y cuando estos caen de cansancio seguimos a pie. Los nativos a veces nos asisten en la mitad de la noche, nos dan agua y comida caliente para continuar.

Durante el día en el Convento de Kinnaur, las monjas se sumergen en la plegaria, en el ayuno y las acciones piadosas. Desde temprano recorren sus huertos y observan su germinación con alegría, bajo el sol. Se arrodillan sobre el centeno y nos encomiendan a la Virgen de la montaña.

Durante la noche se oyen los tambores de los salvajes. Cuando paren sabremos que uno de nosotros habrá muerto. Nos detendremos un instante al oír el silencio y continuaremos nuestra misión. No tenemos tiempo que perder .Una mala entrega o incumplimiento sería una mancha en nuestro expediente. Me lo recuerdo cien veces al día. Quiero seguir la línea de mis ancestros: modestos, valientes y educados.

Por mi parte, hace años que partí, trabajando a las órdenes del viejo Dr. Lhagba Cering, un buen hombre, longevo y sabio, muy respetado en el ámbito jurídico. Es posible que hoy a su larga edad haya muerto. No quiero ni pensar en esa posibilidad. Estaría haciendo en vano mis tareas. Los juicios tardan años y quizás yo mismo no llegue a sobrevivirlos. Perezco enfermo y he adelgazado mucho.

No podemos esconder la montaña ni que el viento deje de soplar, ni que la atmosfera sea más limpia. Nuestra única alegría es la época de la floración de la nieve. Entonces es el único momento en que nos detenemos a contemplar el espectáculo. Perdida en la montaña, al amparo de la roca, crece esa extraña flor.

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