domingo, 11 de septiembre de 2011

Murakami

Junio es el mes más frio. El lago de la ciudad se congela y los pájaros emigran a otros países más cálidos. Me levanto a las 8 para ir a la lavandería y camino lentamente a través de la nieve. Las calles están desiertas. Apenas diviso la parada de micro.

Entre las nubes de vapor la temperatura es muy elevada, como una Antártida candente, en ebullición. Un mundo de días blancos, sin sombras. Los bloques nuevos de ropa limpia son traídos y ordenados en montañas abrasadoras, luego rociados con potentes suavizantes. Me muero de calor y no paro de sudar. Desde que estoy acá adelgacé varios kilos. Ninguno de mis antiguos colegas me reconocería. En cada movimiento me siento al borde del desmayo.

Afuera, los copos de nieve forman capas blancas en la ventana. Cuando cierro los ojos imagino cacerías de zorros. En invierno los animales negros bajan desde el monte hasta los claros y merodean por los refugios destruidos y las cabañas de luna de miel abandonadas. En el medio del bosque, sobre el pie de las colinas, las cuevas de osos están repletas esta temporada, lejos de toda crueldad, oscuras como la noche, sin ventanas. El aire es denso y no se puede respirar. Entro sin hacer ruido, busco a tientas un espacio y me acomodo, feliz y calmo. Me duermo enseguida, como un gatito. Son ellos mis dueños y yo soy demasiado puro para el mundo.

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