viernes, 8 de febrero de 2013


Cuando era joven mi piel era blanca como el papel.
Nunca estaba al sol.
Recuerdo claramente cómo era todo.
Vivía en casa de mi abuela.
Dormía en el living.  No tenía una habitación.
Durante la noche, desde mi cama,
podía oír el crujir del viejo mueble familiar
que contenía la vajilla de varias generaciones.
Afuera los gatos peleaban en los tejados.
Cada tanto mi abuela golpeaba fuertemente la pared.
En el ambiente todavía se podía sentir el aroma al café de la cena.
Se sentía bien ese orden nocturno, esa seguridad.
Yo luchaba por no dormirme,
por prolongar esos minutos antes del sueño.
Luchaba en silencio y petrificado, en la oscuridad,
para que la mañana no llegara tan rápido,
para demorar un poco el futuro,
arrebatador y sospechosamente trágico.

1 comentario:

Natalia Ozan dijo...

Muy lindo, Antolín, te re banco!